Tienes muchas cosas que hacer y poco tiempo. Necesitas dos herramientas sencillas para no perderte: un roadmap (qué harás y en qué orden) y unos KPIs (cómo sabrás si vas bien). Y, para contarlo a otros, un pitch. Nada de esto tiene que ser complicado; al contrario, su gracia es que cabe en una hoja.
Roadmap: prioridades, no promesas
Un roadmap no es una lista interminable de tareas, sino el orden de lo que de verdad importa en los próximos meses. La pregunta clave en cada momento: ¿qué es lo siguiente más importante que mueve el proyecto? Pon poco, hazlo, y reordena cuando aprendas algo nuevo. Un plan flexible vale más que uno detalladísimo que la realidad rompe en una semana.
Concepto clave
Prioriza por impacto y esfuerzo: empieza por lo que más mueve la aguja con menos trabajo. Es muy fácil llenar el día de tareas que se sienten productivas pero no cambian nada. El roadmap existe para protegerte de eso: para que trabajes en lo que importa, no en lo que entretiene.
Tu roadmap
Pon pocos periodos y, en cada uno, lo más importante que quieres conseguir. No es una promesa: es el orden de lo que mueve el proyecto. Aparecerá como una línea de tiempo en tu pitch. Se guarda en tu cuaderno Mi proyecto.
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KPIs: pocos y honestos
Un KPI es un indicador que mide si vas por buen camino. La tentación es medir muchas cosas; el acierto es elegir dos o tres que de verdad reflejen valor: usuarios activos, clientes que repiten, ingresos. Míralos con regularidad y, sobre todo, sé sincero con lo que te dicen, aunque no te gusten.
Ejemplo real
Para el tablón, el KPI principal no fueron las visitas, sino "personas que se apuntan a una salida cada semana". Ese número decía si la herramienta servía de verdad. Cuando bajaba, había un problema real que atender; cuando subía, sabía que iba bien. Un solo número honesto le daba más información que un panel lleno de gráficas bonitas.
Tu pitch: cuenta tu proyecto en pocos minutos
Tarde o temprano tendrás que contar tu proyecto: a un posible socio, a un cliente grande, a un programa de apoyo, a tu familia. Un buen pitch no lo explica todo, cuenta una historia clara: cuál es el problema, cómo lo resuelves, a quién le sirve y qué pides. Lo bueno es que ya tienes casi todo en tu cuaderno; solo hay que ordenarlo.
Antes de montarlo, añade tres piezas que hacen un pitch mucho más convincente: cifras del problema, por qué ahora, y contra quién compites.
Las cifras del problema
Uno o dos datos que demuestren que el problema es real y le pasa a mucha gente. Una cifra contundente vale más que un párrafo. Aparecerán en la slide del problema. Se guarda en tu cuaderno Mi proyecto.
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¿Por qué ahora y por qué tú aquí?
Por qué este es un buen momento (una tendencia, un cambio, una noticia) y por qué tu entorno es un buen sitio para empezar. Aparecerá en tu pitch. Se guarda en tu cuaderno Mi proyecto.
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Tu competencia
Quién resuelve hoy el problema (aunque sea de otra forma) y por qué tú lo haces mejor. Ser honesto aquí da credibilidad. Aparecerá en tu pitch. Se guarda en tu cuaderno Mi proyecto.
Tipos de competidorCargando tu cuaderno…
Una captura de tu producto (opcional)
Si ya tienes una pantalla, un boceto o una foto de tu producto, súbela y añadirá un par de diapositivas (“¿Cómo funciona?” + la imagen) a tu pitch. Es totalmente opcional. La imagen se guarda solo en este dispositivo, comprimida.
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Tu pitch en 8 diapositivas
Un buen pitch cuenta una historia clara en pocos minutos. No lo inventes de cero: tira de lo que ya tienes en el cuaderno (problema, solución, MVP, modelo). Se guarda en tu cuaderno Mi proyecto.
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Y, en cuanto tengas el guion, no hace falta que pelees con una herramienta de diapositivas: tu pitch ya está maquetado con tu marca, listo para pasar y descargar.
Tu pitch, ya maquetado
Tu guion convertido en diapositivas con los colores y el nombre de tu marca, en varios formatos según lo que tengas. No inventa nada: usa lo que escribiste (y, si dejas un hueco, tira de tu cuaderno). Pásalas y descárgalas en PDF cuando te gusten.
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Error común
Hacer un pitch que es una lista de funciones de tu producto. A nadie le importan tus funciones; le importa el problema que resuelves y para quién. Empieza siempre por el problema y por la persona, no por lo que tu producto "hace".
Ya está casi todo. Solo queda lo que más respeta —y más miedo da— a cualquiera que emprende: lanzar. La última lección.