Antes de cobrar tu primera nómina, firmas un contrato. Y aunque la tentación es firmar rápido para empezar a trabajar, ese papel define las reglas del juego: cuánto cobras, cuánto tiempo, y qué pasa si la cosa se tuerce.
Las dos grandes familias
- Contrato indefinido: no tiene fecha de fin. Es la situación más estable y, hoy, la opción por defecto en España.
- Contrato temporal: tiene una duración determinada y debe justificar por qué es temporal (una sustitución, un pico de trabajo concreto). No vale para cubrir un puesto que en realidad es permanente.
Concepto clave
El tipo de contrato no cambia lo que vales, pero sí tu estabilidad y tus derechos: cuánto preaviso te deben, qué indemnización te corresponde o cómo se renueva tu relación con la empresa.
El periodo de prueba
Muchos contratos empiezan con un periodo de prueba: un tiempo inicial (semanas o meses, según el convenio) en el que cualquiera de las dos partes puede romper el contrato sin indemnización ni preaviso. Es normal y legal, pero conviene saber que existe y cuánto dura el tuyo.
Ejemplo real
Te incorporas con un periodo de prueba de 2 meses. Durante ese tiempo, tanto tú como la empresa podéis terminar la relación sin más. Pasados los 2 meses, tu contrato pasa a regirse por sus condiciones normales.
Error común
Firmar sin leer el contrato ni mirar el convenio colectivo que se te aplica. El convenio fija mínimos (salario, jornada, vacaciones) que la empresa no puede empeorar. Saber cuál es el tuyo te da una referencia para comprobar que todo está en orden.
Ya sabes qué tipo de relación firmas. En la próxima lección, cuánto tiempo te comprometes: la jornada.