Hasta ahora prestabas tu dinero. La renta variable cambia las reglas: en vez de prestar, compras un trozo de algo. Cuando compras una acción, te conviertes —literalmente— en dueño de una pequeña parte de una empresa.
Ser propietario, no prestamista
Una acción es una participación en la propiedad de una empresa. Si una compañía se divide en un millón de acciones y tienes una, posees una millonésima parte: de sus beneficios, de su crecimiento... y también de sus malos momentos.
Concepto clave
En renta variable nadie te promete nada. Tu rentabilidad depende de cómo le vaya a la empresa y de lo que otros estén dispuestos a pagar por tus acciones. Por eso es "variable": ni el resultado ni el plazo están fijados.
El precio de una acción sube y baja constantemente según las expectativas de la gente sobre el futuro de la empresa. Puedes ganar de dos formas: si el precio sube y vendes (plusvalía), o si la empresa reparte parte de sus beneficios (dividendos).
Ejemplo real
Compras acciones de una empresa a 20 € cada una. Si dentro de unos años cotizan a 30 €, has ganado 10 € por acción (un 50%). Pero si la empresa va mal y caen a 12 €, pierdes 8 € por acción mientras no vendas... y de forma definitiva si vendes ahí.
Error común
Comprar acciones de una empresa solo porque "todo el mundo habla de ella" o por una corazonada. Ser dueño implica que su suerte es tu suerte: conviene entender en qué inviertes y no jugártelo todo a una sola carta.
Ya tienes las dos piezas: prestar (renta fija) y poseer (renta variable). En la próxima lección unimos ambas con la ley más importante de la inversión.